
viernes, 27 de mayo de 2011
El viejo doctor y el joven

sábado, 3 de abril de 2010
Patt, la bailarina
Aquel verano tenia que ser necesariamente como los demás, ya que todos eran mas o menos iguales, solo la lluvia los distinguía a unos de otros: el verano que llovió tanto, el que apenas cayo una gota, el de las lluvias tardías, etc.
Como siempre a esas horas, estaba aquella tarde en una loma viendo pasar las nubes y dándoles forma en mi mente, la brisa era suave y fresca, las vacas pastaban tranquilamente y nuestro perro de pastor “Terri” husmeaba agujeros en el suelo en busca de topos. Ese era su pasatiempo preferido.
Hoy me había tocado llevarlas a un prado desde donde se veía la carretera que atravesaba nuestro pueblo de apenas unas 20 casas. Pero daba igual, hasta mas tarde, que no pasase el azul autobús de línea ni un solo coche aparecería. Las nubes daban mas posibilidades de entreteniendo para una mente inquieta como la mía. El rumor del río de montaña se encargaba de la banda sonora de aquella procesión de calladas nubes. Las montañas que nos rodeaban daban poco tiempo a la imaginación, de forma que tenía que asignarles una forma más o menos lógica antes de que se ocultasen detrás de un pico o el de enfrente. Solo la silueta de alguna rapaz de las que ya no se ven me apartaba del “juego” de las nubes.
Estas aves disparaban toda mi imaginación y me veía allá arriba viendo todo como una poderosa ave, y soñaba con volar, soñaba con volar.
Baje la vista un momento, mecánicamente para observar que ninguna vaca había atravesado la imaginaria línea entre mojones que nos separaba de las hierbas del vecino, y una tras otra comprobé que todas estaban donde debían. Una sombra oscura y alargada me hizo girar la cabeza hacia la cinta de la carretera.
Era una hilera de vehículos variopinta que parecía una caravana como la de las
películas. Aquella novedad en la tranquila rutina me intrigo. ¿Por qué van todos tan juntos, por que no se adelantan y por que son cuadrados algunos de los vehículos?. Tenía en mi interior tantas preguntas que por un momento me olvide de mi trabajo y fruncí el ceño. Nunca había visto un remolque ni semejante cantidad de coches y camiones juntos.
¡¡Habían parado!!¡, delante de la taberna que hay a la entrada del pueblo. Me puse en pie, aun no se para que si la distancia seguía siendo la misma, pero así parecía que se veía mejor. Que un coche parase en ese perdido pueblo era una novedad inusual ya que salvo el camión del “mantequero” el del frutero y la furgoneta del panadero nadie lo hacia. Y de todos ellos conocía su silueta y el tono de sus bocinas perfectamente.
Cuando reanudaron la marcha estuve a punto de sentarme de nuevo, ya me extrañaba a mi (pensé), pero cuando entraron a la explanada donde jugaban los a los bolos di dos pasos adelante para poder observar mejor.
Aparcaron cuidadosamente, como cuando colocábamos el carro frente a la ventana del pajar, y comenzaron a bajar las personas que viajan.
El ladrido de Terri avisándome de que la “marsella” había cruzado los límites permitidos, me alarmo y me saco de mis conjeturas. Levante la mano señalándola y con la simple orden de “pásala” bajo como una flecha, la hizo dar la vuelta y la puso en la zona adecuada, el inteligente perro me miro hasta que sacudí mi muslo y volvió corriendo a mi lado moviendo su cola para recibir su recompensa, una caricia sobre su cabeza, con eso era feliz. Mientras hacia esto volví a mirar a los extraños vehículos y ya la tarde se hizo distinta. Hoy si tenía ganas de que el sol se pusiese y llevar las vacas a la cuadra, tenia que saber que era eso. Seguro que todos ya lo sabían en el pueblo y yo arriba seria el único “atontado” que no se habría enterado.
Después de cenar apresuradamente, me puse me puse mi roído jersey y tras saltar dos o tres vayas de piedra que me atajaban para llegar a “ca Pedro”, que así se llamaba la taberna-tienda de la entrada del pueblo, me uní al coro de contertulios que especulaban sobre los “visitantes”. La polémica parecía ser si eran gitanos o no. Yo como no sabia que eran los gitanos intente aprender algo callado y solo escuchaba.
El herrero contaba historias de lo que le habían contado sobre lo que hacían los mencionados gitanos, y llegue a la conclusión de que no podían ser buenas personas, lo que le daba mas emoción a la visita, ¡al fin pasaba algo excitante en el pueblo¡. El cura, mientras apuraba el último (hasta el momento) vaso de vino dijo que eso eran habladurías, y que eran almas del señor como las demás.
La verdad es que con la cortina de humo de los cigarrillos ver allí dentro no era fácil, pero cuando alguien entro y creo una pequeña corriente de aire me fije en un cartel que nunca estaba allí. Me aparte de la mesa y fui a leerlo: “gran circo del norte”, muchos animales raros en brillantes colores colocados unos sobre otros, y en los huecos mas letras “Tarzán el lanzador de cuchillos”, “Los caniches amaestrados de Lulu”, “Patt la bailarina de las mil danzas”, “Stron el hombre mas fuerte del mundo”… y abajo “próximamente en esta localidad”. En eso estaba yo, que no entendía casi nada, cuando la puerta se abrió de nuevo y se hizo un profundo silencio entre los parroquianos. Esta era la señal para saber que algún extraño había entrado, así le gire la cabeza. Hasta el humo se colgaba quieto en el pesado aire.
Era una mujer mayor, yo acaba de cumplir 18 años y todo por encima de eso era “mayor”, tendría 40 o así, mayor, vamos. Pidió dos botellas de vino con una voz que se me antojo dulce. Desde luego no era como el de las mozas de aquí, acostumbradas a chillar a perros y vacas cuando las ordeñaban. Pago, se despidió en general con un “buenas noches” y se dirigió a la puerta. Ahora venia directamente hacia mi y podría comprobar como era un “gitano” de esos, y desde luego yo estaba en una posición privilegiada.
Llego con la vista ligeramente baja y no le veía bien la cara cosa que me fastidiaba mucho, pero me fije en su cuerpo, era muy bonito. Sus curvas como hiervas cuando están crecidas no eran como las de mi madre, ni las de mi hermana, a pesar del chal que la cubría cuando paso a través de la luz del mostrador me quede maravillado de aquella silueta juncosa y tan poco habitual.
Un poco antes de llegar a mi altura, abrí el pomo y empuje la puerta para facilitarle el paso, como me habían enseñado los mayores. Cuando levanto la vista y vi su cara, ¡Dios mío¡, era la cosa mas linda que había visto, esta se grabo en mis retinas a fuego, un sutil “gracias” y un leve cruce de miradas bastaron para que todo interior temblase.
Cuando cogí la silla, la monte a horcajadas, y me acerque de nuevo a la mesa los contertulios ya habían reanudado sus especulaciones. Pero yo ya no estaba allí. Me toque la frente, y pensé que habría cogido un mal, pero no obstante los síntomas no eran los habituales. Pero me encontraba mal, necesitaba aire, saque la gorra de mi bolsillo, metí mis manos en los pantalones y empuje la puerta. Me apoye sobre la pared, ya fuera y mire hacia el cielo. Había esa noche una delgada luna en creciente, pero allí arriba iluminaba la calle como si fuese llena, el limpio aire no ofrecía resistencia alguna a sus rallos. Volví a casa lentamente. Esta vez ni me molesto que el perro de Santiago saliese a mi paso a ladrarme. Sus cejas eran arcos perfectos, finos, su barbilla graciosa y afilada le daba un aire de hada mágica, de esas que Don Simón el cura reniega pero que yo se que existen, me lo contó mi abuela, y ella si que sabia cosas.
Sus pómulos redondeados eran como esponjosos, y aquellos ojos que miraban a través de uno me habían hecho enfermar, estaba seguro. Esa persona no era como nadie que recordase desde mi infancia y me esforcé en buscar parecidos.
Cuando me metí en la pesada cama mi mundo estaba completamente destrozado, ni el búho real, ni el sapo, ni ningún canto nocturno escuché. Solo su rostro, su “gracias” cabían en mi cabeza y, extrañamente, su cuerpo. Nunca antes había mirado el cuerpo de una mujer, ni me llamado la atención de aquella manera.
Mañana no me importaba a que prado tendría que llevar a las vacas, ni cualquiera de mis labores habituales me importaba, solo tenia una cosa en la cabeza: que estrategia tendría que seguir para volver a verla y saber quien era, el resto carecía ya de importancia.
Cuando en la mañana ayudaba al abuelo a uncir el carro este me dio un capón y me soltó un: ”¿estás atolondrado?, sujeta bien la “mullía” (soporte acolchado sobre el que se apoya el yugo), no ves que se puede hacer daño la vaca en el cuello”. Me dolió mas el no hacer las cosas bien que el capón y me centre en la labor. Pero si, estaba “atolondrado”, me lo merecía. El resto del día me esforcé en realizar cada una de mis funciones bien, el abuelo era muy estricto y serio con su trabajo, y no quería enfadarle, le admiraba demasiado para eso.
Las horas pasaron ese día de una forma tan pesada como jamás había sentido, eran larguísimas, pero como nadie usaba reloj no pude medirlas. Me dirigí de nuevo al cartel, no hable con nadie, solo quería saber algo mas de ella, y quizá allí esta la única pista. Me di cuenta de que el que había dibujado esto no era un buen artista, ya que hasta la cara del Terri que había hecho yo era más natural. Pero eso si tenía unos colores que en mi pueblo no existían. Lo escudriñe milímetro a milímetro y repare en una bailarina que estaba sobre el lomo de algo parecido a un tigre, ya que el de la enciclopedia era distinto a ese. La silueta de aquella persona bailando era lo único que se parecía a lo que vi la noche anterior, y me dio un vuelco el corazón, ¡ya sabia su nombre¡, tenia que ser Patt, la bailarina. Aunque el nombre era raro para mi, me apreció precioso. Aquí todas tenían nombre de vírgenes y pensé que seria el de una virgen del país de los gitanos esos. “Patt”, me repetí, ¿Por qué dos “tes”, si con un bastaba?, es igual es precioso, tiene que ser ella.
Intenté es anoche acercarme a donde estaban aparcados los coches y sus curiosos remolques, pero el ladrido de un perro desconocido me hizo cambiar de idea. Sabía que seria inútil la labor, los perros que llevaban me olerían a muchos cientos de metros antes y no sabia si estos mordían. Volví sobre mis pasos y reconstruí de nuevo su rostro sobre el techo de la habitación, aunque mi corazón se aceleraba y me estomago me decía que no había cenado, cuando acababa de terminar mis patatas, me sentía raro, pero ahora sabia que no estaba enfermo.
Para que fuese más real imagine que recorría con mis dados el arco suave de cada una de sus cejas, sus pómulos y la barbilla hacia su cuello. Una y otra vez, hasta que me dormía con el gracias de su voz. Pero ponía el cartel, “gran función, los sábados”, igual, si el maldito sábado llegaba de una vez podría verla de nuevo, los perros estarían atados, y vendría gente de otros pueblos, como en fiestas.
Cando la noche del sábado llego, me lavé como si seria domingo, cosa que hasta a mi me extraño, ya que solo me gustaba nadar en el río, no tenia la paciencia necesaria para la pila de la cocina.
Había mucha gente alrededor de aquel círculo con sillas. El dinero que costaba la entrada por supuesto que no lo tenia ya que con la venta de la leche de nuestras cinco vacas no éramos ricos precisamente, pero como conocía bien la zona enseguida encontré un buen punto de vista, había un chopo con una horquilla bastante cómoda para ver sobre la valla del circulo y evitar pagar un dinero que no tenia.
Desde allí, una vez buscada la postura mas cómoda posible, vi entrar a gente que conocía y otros que no, pero que sabían de que pueblo eran. Juntaban sus sillas y miraban hacia el centro, les envidie, pero tampoco mucho. Mi vista era buena y me lo pasaría bien aquí. Además tenia en mi boca esa hierba con sabor a chicle de menta que me servia para cuando no tenia que hacer nada. Estaba preparado.
Había luces de colores, un grana ajetreo por donde entraban los participantes, pero los grillos seguían su incansable canción veraniega y no parecía ocurrir mucho hasta que se pagaron las bombillas del circulo y sonó una muisca que se me antojo estruendosa, un señor con un traje que brillaba mucho se acerco al centro con un micrófono y dando las gracias a los que habían ido presento los primeros participantes. La verdad es que era entretenido, los animales me daban un poco de pena ya que mis vacas estaban mejor cuidadas pero era emocionante ver esos animales venidos de tan lejos, la gente reía unas veces, otras se asustaba con un “ohhh” profundo si un cuchillo e acercaba demasiado a la persona que estaba sobre una tabla, pero yo solo esperaba a Patt, y comprobar que era la bailarina, ...llego el momento, el presentador dijo: “y ahora con todos ustedes, la gran bailarina, llegada de países exóticos…. Patt, la que danza con las nueves… esta noche nos interpretara un fragmento de un ballet de “chaikosqui”….a ver ese fuerte aplauso”.
Aplaudí yo también, bajito, mientras contenía mi respiración. Ni sabia quien era el cantante ese “chaikosqui” ya que en las verbenas nunca habían cantado nada suyo ni que país era “exótico”, pero poco me importaba. Por primera vez se apagaron todas las luces y un cañón de luz apunto a la cortina, una extraña música comenzó a sonar, no tenia ni batería, pero era bonita, cuando apareció por detrás de la enorme cortina y se dirigía al centro pude comprobar que era ella, no había duda, el vestido aquel de gasas azules, que se me antojaba hecho de telas de araña, dejaba ver una silueta que me era muy familiar, era Patt, ya sabia su nombre.
Lo que paso después me seria difícil de contar. Aquella chica no bailaba como las demás del pueblo el día de la patrona. Ella no tocaba el suelo, mi mente se esforzaba en buscar comparaciones para no olvidar. Solo los pequeños remolinos de un arroyo, las hojas de los chopos moviéndose como un prado, o las nueves danzando en un día de mucho viento se podían parecer a lo que allí veía. Pero tampoco era eso, era tan bello que una lágrima se me escapo. Mire alrededor, no sea que alguien me hubiese visto, pero a los grillos y la lechuza que compartía el espectáculo unas ramas mas arriba, no pareció importarles demasiado.
Cuando termino tan mágico baile casi me voy al suelo al soltar mis dos manos para aplaudir, pero después pensé en que no seria bueno llamar mucho la atención, y aplaudí como “bajito”. Ella se dirigió por la parte de atrás a su extraño remolque e impulsivamente pegue aun salto hasta el suelo sin calcular muy bien la altura ya que a poco me voy de “morros” al suelo. Solo me ortigue una mano, e eso ya estaba acostumbrado.
Yo la seguí dando un rodeo como había visto hacer a las comadrejas para acercarse al gallinero, eso si que lo sabía hacer bien y a que tenía practica en cazar pájaros, y nadie me vio. Cuando me agazape en unos matorrales no me fijé en las zarzas, ni en nada, solo que era una buena posición y podría ver de nuevo su cara. Cerró las cortinas de la pequeña ventana y poco pude ver, pero luego otra mágica danza se me ofreció, gratis de nuevo. Estaba desnudándose, y aunque la cortina difuminaba un poco su silueta podo ver le cuerpo mas maravilloso que jamás soñé con ver. Solo la virgen de la iglesia debajo de sus ropajes podría tener un cuerpo tan bonito. La estatua de Nuestra Señora del Carmen hasta entonces había sido la mujer mas bella para mi, eso cambio aquella noche.
Cuando apago la luz, caí hacia sentado atrás y una zarza me avisó que no había elegido el sido el sitio apropiado para hacerlo. Entones volví a la tierra y me di cuenta de que era de los últimos. Temiendo a los perros, salí como alma que lleva el diablo de los arbustos. Esa noche no pegue ojo, pues ya no imaginaba mis dedos sobre su rostro, sino recorriendo cada palmo de aquella mágica silueta.
Tres semanas después, gracias a las propinas de Don Gustavo, ese si que tenia dinero; conseguí sacar lo suficiente para ver a Patt de cerca, sentado en una silla, ya me dolía un poco la rabadilla de la rama del chopo. Cuando entre corrí como un corzo para estar en primera fila, en el centro, delante de ella. Como aun quedaba tiempo y me sabia todos los números de memoria me entretuve mirando aquella carpa descolorida y sin techo, en recordar lo malo que era pescando el sobrino de Don Gustavo, pero que gracias a el había conseguido el dinero para estar allí, en las cuerdas y cables que cruzaban sobre mi cabeza para los trapecistas y todo comenzó una vez mas.
Los payasos ya no me hacían reír, los animales “salvajes” ya no llamaban mi atención, solo esperaba a que saliese Patt, ni la gente de alrededor me importaba, ni la estruendosa música, ella era lo mas bonito de aquella especial noche. Cuando el cañón de luz la apunto, esta vez con un traje verde ya todo era vacío y silencio a mi alrededor. Mis ojos y me sentidos estaban en cada paso, en cada giro, en su cuerpo flexible me recordaba las llamas de las fogatas de San Juan danzando, meciéndose sin dificultad alguna y desapareciendo para fundirse con la noche estrellada.
Si desde mi árbol era algo precioso de ver, desde la desvencijada silla creía que podía oler hasta su perfume, fue algo mágico. Pero sabia que tenia que acercarse aun mas, me conocía cada paso y hacia el centro de la canción se acercaría a mi silla pues se detenía allí brevemente mientras su pierna subía con suavidad al ritmo de la música. Esta idea me aterrorizaba y al esperaba a la vez. No se desde que aprecio en mi pueblo todo había sido tan confuso que ya no me preocupaba entender a mi cabeza.
Cuando lentamente avanzo hacia mi no tenia ni idea el cataclismo que sufriría mi estomago aquella noche. Llego se detuvo, vi sus ojos cerrados, concentrada en cada paso, fue levantado su cabeza a la vez que su pierna ascendía, y en un momento dado, cuando yo ya ni podía respirar, inusualmente abrió los ojos y se chocaron con los míos. No se cuantos segundos duro esto, pero noté como la silla se deshacía debajo de mi. Solo cuando dio un brusco giro y siguió con la danza lejos de mi pude coger aire, y creo que tarde demasiado, estaba mareado.
Yo, pensando que estaba en mi chopo, y que no había prisa alguna, ni me di cuanta de que todos estaban ya saliendo, seguía mirando al punto exacto donde ella tenia sus ojos hace un momento. Ni siquiera vi llegar a aquel hombre de pequeña estatura hacia a mi, en realidad no sentía ni el viento alrededor, no sentía nada.
¡Oiga¡, ¡oiga¡, repitió… cuando mis oídos reaccionaron, y baje la vista le vi allí, en la pista, con una casaca roja y pegue un salto de la silla, creí que me venia a echar, y me sentí tonto, antes de que pudiese girarme me dijo en tono amable: “no, no se preocupe, solo quería decirle que la señorita Patt quiere hablar con usted, si me acompaña yo mismo le llevare hasta su caravana”. La cara de tonto que debí poner aun no puedo imaginármela; con mi mano en el pecho, y tras mirar rápidamente a izquierda y derecha solo alcance a decir: “¿a mi?”. Claro no hay nadie más. Y otra vez me sentí como el mas estúpido de los del pueblo.
No entendía nada, pero aun así le seguí, con más miedo que el que tiene un cerdo la fría mañana de una matanza, pero le seguí. Cuando subí los dos o tres escalones y toque la puerta con temor, no me di cuenta de que mi gorra estaba siendo aplastada en la otra mano con tanta fuerza que nadie me la podría haber
arrebatado. Un “adelante” desde detrás me indicaba que podía traspasar la barrera que separaba de ella. Jamás en mi vida había abierto una puerta tan lentamente, tenia miedo de romper algo y todo mi ser temblaba hasta mi voz. ¿Te ha gustado el espectáculo?, me dijo desenfadadamente. Si, siii, respondí tímidamente. “Siéntate mientras me cambio” y desapreció detrás de un biombo. Como si eso la protegiese de las imágenes de mi retina, yo aun sin verla volví a imaginar su silueta como detrás de una cortina y el pánico casi se apodera de mi, ¿me habrá visto escondido?. Quería salir corriendo en ese momento, pero ninguno de mis músculos quería obedecer y no tuve más remedio que quedarme paralizado.
Salio con una bata que parecía calentita, se sentó junto a mí y creo que me ofreció algo para beber, se lo agradecí pero creo que nada podría pasar en ese momento por mi garganta.
- ¿Cómo te llamas?, Ángel, respondí, tan bajito que tubo que acercar su cabeza un poco mas a mi.
- Yo Patt, me dijo. Como si yo no lo subiera perfectamente. Encantado, balbucee.
- Sabes Ángel, desde la primera vez que nos vimos, ¿en la taberna,
recuerdas? he estado pensando en ti. No se, vi que eras especial, y conozco a mucha gente. Pero como nunca mas apareciste pensé que no te gustaba, hasta que esta noche pose mi mirada en tus ojos.
- ¿Qué yo, que y te …gusto?. Si no me desmayé en aquel momento, debe de ser por que algo de oxigeno aun llegaba a mi cerebro.
- Pero, pero.. (parecía subnormal mientras balbuceaba), pero, ¡si no sabe nada de mi¡.
- Solo lo que vi en tus ojos en tus delicados gestos, pero me gusto. Y no me trates de usted, me haces más mayor.
- Pero usted… perdón tu, tienes que tener por lo menos 40 años, ¿no?.
- ¿Y?, ¿te gusto menos por eso?
- No, no, es; eres la persona más bonita que jamás he conocido. Cuando bailas tu cuerpo me hace sentir libre, y volar como los quebrantahuesos sobre la peña. Pero solo soy un pastor de vacas, y no temeos dinero ni para libros que es lo que más me gustaba antes de verte a ti, ¿Qué te puedo ofrecer yo?
- Tu cariño, tu amistad, tu ternura lo que he intuido que eres, y la puerta de los que sientes, que es algo muy difícil de encontrar.
- Pero tú eres mucho más bonita que yo, seguro que muchos chicos quieren estar contigo.
- Si, pero la diferencia es: ¿con quien quiero estar yo?
Al decir esto, poso su mano sobre mi muslo, me miro a los ojos y no se cuanto tiempo estuvimos así. Ninguna ortiga antes me había quemado tanto, ningún atardecer había sido como aquella mirada y ninguna gorra había sido tan aplastada de aquella forma tan cruel.
- hoy vi en tus ojos (prosiguió) que yo te gusto, y me gustaría que estuviésemos mas tiempo juntos, que me muestres tu vida, que me ayudes aquí en el circo, ¿si puedes? y sentirte a mi lado. Que demos una oportunidad a lo que sentimos y que también tenemos derecho a ser felices, aunque nuestros mundos sean tan diferentes, ¿quieres que lo intentemos?
- ¡Si¡, respondí; como un muelle que salta después de estar sometido mucha presión y se siente liberado.
Después de eso sus labios se posaron en los míos, su mano se metió en mi pelo ensortijado y todas las luces se apagaron, los sonidos cesaron y sentí la tierra girar sobre su eje a toda velocidad dentro de mi estómago como un estruendo callado.
Cuando retiro sus labios ninguna palabra surgía de mi, alargarme mi mano, mis dedos recorrieron el arco de sus cejas, igual que en mis sueños, mi dorso acaricio sus pómulos y cada graciosa curva de su barbilla, bajo por su fino cuello y descanso al comienzo de sus pechos. Era tal mi excitación que pegué un salto y salí despavorido de su cercanía… “mañana te vengo a buscar, Patt”. La deje con una sonrisa en la boca, sus manos entrelazadas entre sus muslos y sus hombros encogidos. “Vale, te esperare” y me lanzo un beso.
No vi escalones, ni puerta, ni una caja que casi me hace caer, ni personas ni animales. Solo me fijé en que alguien aquella noche puso mas estrellas en el cielo de lo habitual, y que brillaban con tarta fuerza que se apagaría pronto su brillo si lo seguían haciendo así. Si los científicos hubiesen buscado a la persona mas feliz del universo en aquellos momentos, la habrían encontrado allí, en aquel pequeño pueblo, entre las montañas, ese era yo; o al menos eso me parecía.
A la mañana siguiente, como ya estaban segados casi todos los campos, el abuelo me dijo que llevase las bacas donde quisiese y pensé en el prado aquel que un arroyo parte por la mitad, con fresnos de agradable sombra al lado de las cuevas, eso le gustaría a Patt.
Deje al Terri al cuidado de las vacas, el ya sabia lo que tenia que hacer y en una carrera me presente en la puerta de su caravana, llame, y como un niño le dije “ya estoy aquí”, ella sonrío, me acaricio la cara con el dorso de su mano, y me dijo, “un momento, que cojo un pañuelo”. Dios de día era aun más preciosa, todo a mí alrededor era mas bello, paso el mensajero de pequeña talla y me saludo con su manita y una sonrisa. Hice lo mismo y me fije en los quehaceres diarios de aquella gente. Los niños corriendo, la ropa brillante colgada en las cuerdas, la alegría que desprendían.
Cuando ella salio le explique donde la llevaría y lo que le ensañaría. Ella sonriendo me dijo “tu eres el guía de tu mundo, donde tu quieras”.
Aun recuerdo como le enseñe día a día todos los sitios que eran mágicos para mí. Las cuevas y sus terribles secretos, los trucos para coger truchas a mano, y sus escondrijos, donde dormía cada pájaro, como cazar murciélagos con la boina del abuelo, y todo lo que había sido mi vida hasta ese momento.
No me importaba lo que mis amigos comentaban por estar con alguien mayor que yo. Ni los cuchicheos de las viejas a mi paso ni lo que mis padres opinaban de aquella relación. Solo me importaba su sonrisa recostada en prados de hierbas, su dulce rostro, nuestra felicidad cada vez que nuestros deberes nos permitían estar juntos. Nuestras pieles ardiendo en contacto, nuestras manos entrelazadas, su largo cabello meciéndose al ritmo de la hierba en los prados, su mirada perdida en el horizonte cuando tocaba para ella con la flauta que un día el abuelo hizo para mi. Su cuerpo de junco en el río, nuestras interminables caricias y conversaciones los nuevos sonidos y olores que aprendí con ella, su larga cabellera formando un cesto entre mis dedos el placer de una sexualidad ardiente unas veces y calma otras que me hacia flotar sobre sus montañas y mis montañas. La verdad, es que su felicidad era lo único importante para mí.
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Hoy ya soy mayor, mis manos tiemblan y mis piernas casi no pueden andar. Mi memoria ya no es lo que era, y recordar todo esto ha supuesto largo días de esfuerzo buceando en mi cabeza.
Por mas que lo intento, no consigo recordar que paso con aquella bella mujer, no se si nos casamos y ya falleció, o se si se marcho algún día y me dio miedo seguirla, cambiar mi vida, no se si nuestro amor termino, o vivimos juntos por siempre. Solo recuerdo lo feliz que fui con aquella mujer y por eso he querido plasmar en este papel mis felices recuerdos antes de que mi memoria me abandone para siempre y así recordarla infinitamente cada vez que lea esto.
Patt, no se donde estas, pero siempre estarás ya junto a mi, aunque mi memoria reniegue de mi, tu me ensañaste a querer, y eso es lo mas importante que un ser humano tiene que aprender.
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Hay quien opina que "los cuantos tienen que tener un final feliz", sino no son cuentos. Y yo me pregunto: ¿a todos los seres humanos nos hacen felices las mismas cosas?.
martes, 8 de septiembre de 2009
Una rara habilidad
miércoles, 2 de septiembre de 2009
¿Fue alguna vez un viaje?
Desde que paramos a comer habíamos recorrido varios kilómetros de aburridas carreteras, oíamos música y apenas si hablábamos, la niña en el asiento trasero es normal que empezase a estar inquieta, aunque se distraía un poco con lo que veía alrededor, cualquiera mantiene a un diablillo mucho tiempo sentado.
Cogí el primer camino a la derecha y llegamos a una suave ladera sobre una pequeña playa, fue abrir el coche y no se sabe quien salio primero, si mi perra o la niña.
Me senté sobre la ondulante hierba, que como anémonas agitadas por las mareas bailaban al unísono, solo que era el aire el que hacia de medio marino; una brisa fresca que nos sumerio a todos los cabellos en el mismo ritmos de la pradera.
El suelo era blando, mullido y comprendí que era mi mar, la mar del norte. Me senté de cara a sus olas mientras tu dabas algún consejo a la niña mientras cerrabas su cremallera; la verdad es ella lo que necesitaba era correr, pero aguantaba sin mucha intención tu exceso de mimo.
Te acercaste hacia mí poco a poco, abrazándote a ti misma para pedirme un poco de calor sin abrir la boca, miraste otra vez a tu espalda, para comprobar que tu retoño seguía bien y te sentaste entre mis piernas, tímidamente al principio. Después comenzaste a arquear tu espalda, como lo hace un cachorro buscando el cariño de su madre hasta que mi pecho se acoplo a tu cuerpo. Juntaste mis muslos a los tuyos para que ni una pizca de calor se desperdiciase.
Te abracé por los hombros como lo hace una hiedra a su tronco de árbol, con energía pero sin asfixiarlo, por que sabe lo que depende de el. Tus manos colgaban de mi muñeca y mi brazo placidamente y tu cabeza desplazo la mía lo suficiente para apoyarse en mi cuello y acariciar mi cara con un presión suave.
Ahora que conseguiste la postura perfecta todo era lento baile de hierba alrededor, tus cabellos y los míos se enredaban y jugaban a algún juego extraño que solo el viento comprendía. Yo notaba como mi calor salía y entraba en ti si barreras, notaba como tu corazón buscaba el compás del mío hasta que solo hubo un latido.
Lógicamente no podía ver tu cara, pero cuando frote suavemente mi mejilla con tu cabeza sabía que reías. Una sonrisa limpia, blanda, y lo supe por que apretaste sutilmente mi brazo, para volver a relajar tu palma que extendiste de nuevo aun mas para abarcar nueva superficie. Era una sonrisa relajada, tendida sobre las olas exhaustas que regresaban suavemente a la mar. No había ni un solo músculo tenso en todo tu cuerpo e ibas dejando reposar todo tu dolor en mi pecho, poco a poco, lo justo para que la presión no me empujase de espaldas y me hiciese perder ese equilibrio perfecto.
Por primera vez desde que te conocí te sentí tranquila, en quietud, con fuerza, con alegría, y el lánguido sol resbalaba sobre ti casi sin tocarte, con todo el respeto de una tierna caricia.
Yo noté que cerraste los ojos una vez, mientras absorbías aire con lentitud pero profundamente, pero también sabía que no dejarías de controlar a tu cachorro por muy bien que te sintieses. Que era el reposo atento de un guerrero de paz, que sabe que mientras hay movimiento la lucha continua. Pero ni a ti ni a mi nos preocupaba nada, todo estaba bien.
Alguien con cara forjada en la embestida de las olas, y cicatrices de sal en sus arrugas pasó junto a nosotros, toscamente y educadamente oímos un “hola pareja” y siguió su camino sin darnos más importancia. Giraste tu cabeza sorprendida, le sonreíste y mostrándole tu palma le devolviste al saludo, luego, aprovechando el movimiento te ajustaste mas a mi, si es que eso fuese posible, y buscaste de nuevo el hueco de tu cabeza ahora con mas derecho.
No se cuanto tiempo estuvimos así en silencio, pero igual que una ardilla inquieta, saltaste de entre mis piernas para arropar a la niña y decirle que el recreo había terminado, cuando iba con mi perra hacia el coche, te acercaste a mi, te pusiste de rodillas delante, me miraste levemente, como para mostrarme tu sonrisa, y pusiste tus labios sobre los míos, calidos, esponjosos, y amantes; el tiempo suficiente para darme un “gracias” autentico, una esperanza. De esos que el tiempo nunca puede borrar de una mente que sea mínimamente sensible, tiraste de mis brazos para ayudarme a levantarme y sutilmente me encaminaste hacia mi puesto, el de conductor.
La niña tapadita y la perra desaparecieron al instante, las carreras por la playa pasaron rápidamente factura y dormían placidamente. Tu junto a mi fumabas un cigarrillo con la mayor calma que vi a nadie fumar en mi vida. Tu mano estaba ahora sobre la mía en la palanca de cambios, no apoyada sino flotando sobre ella.
Tu mirada estaba al fin en el asfalto, delante de nosotros, y tus yemas buscaban las venas del dorso de mi mano suavemente, como recorriendo carreteras infinitas de algún viaje soñado, de algún destino desconocido.
Recuerdos con alguien quiero y que nunca olvido
© No me importa que copies mis palabras, la mala leche o el amor con las que nacen me pertenece solo a mi. 2009
Unas palabras
Creo que fue un domingo, en realidad, da igual que dia de la semana que sucedió.
Acababa de doblar la enésima esquina cuando escuché una voz de niño diciendo: “…!anda¡, le pides dinero y te da un papel”. Como me pareció un comentario gracioso desande mis pasos para volver a asomarme a la esquina que acababa de pasar y vi como una madre acompañada de un marido rechoncho terminaba su operación en el cajero de un banco y recogía el “papel”.
“Es el recibo, hijo” aleccionaba a su churrumbel con voz cansina mientras este pasaba bajo mis pies respondiendo con un ¡Ah!, que son de esos “Ahs” que no sabes si son el principio de un “¡Ah!, ya lo sabia” un “¡Ah! De compromiso o un “!a … mi que me importa!” tan típico de su edad.
Me hizo gracia el comentario rutinario del señor rechoncho que como una letanía debía repetir unas veinte veces al día : “no corráis”. Cuando me esquivaron como una exhalación y comprendí que mas bien estaban entrenados para correr que para andar tranquilamente.
Iba a poner mis pies en el ultimo escalón de la Plaza Nueva ;se que era el ultimo porque cuando llegas a esas magnificas plazas amplias que hay en el centro de casi todos los cascos antiguos de las ciudades es como volver a nacer, salir de un útero oscuro para pasar a un mundo de luz que mas te vale te pille con las gafas de sol a mano. (Efectivamente era domingo, en mi ciudad solo este día de la semana hay sol). Cuando otro par de chavales me increparon de repente : “Señor vaya a decirle unas palabras a mi padre”, y lo repetían de nuevo mientras giraban en torno a mi.
La verdad es que no les hice mucho caso. Mientras, pensaba en lo mal que me sentaba la palabra “Señor”, uno que recién estrenaba los “cuarenta y tantos” y ya le llaman señor…
“Señor vaya a decirle unas palabras a nuestro padre, es un momentito”, no se todavía si me convencieron por su insistencia, su educación a la hora de hablarme o que revoloteaban tan exquisitamente a mi alrededor que en ningún momento se interfirieron en mi espacio vital que me encontré de nuevo retrocediendo agarrado de la mano del mas pequeño, que me enseñaba el camino con esa expresión de felicidad que da el trabajo bien hecho.
Cuando llegué al establecimiento de su padre me di cuenta que era de esos que se camuflan con los sucios sillares del entorno y que desde luego yo nunca habría reparado en que allí había una tienda de algo. Antes de entrar me largo el mayor un bolígrafo azul celeste cuyo caperuzón y cuerpo eran del mismo color, mientras me señalaba un grueso libro apoyado en una mesita a la izquierda de la puerta. Vi que se trataba de un libro de visitas o algo así, mientras lo inspeccionaba distraídamente destapé el bolígrafo pensando en que iba a escribir, con tan mala suerte que salio volando para caer en una vieja papelera contigua de esas antiguas, como de red de baloncesto pero con fondo.
Cuando me incline para recuperarlo y colocarlo en la parte de atrás del boli ,vi que en el interior de la papelera, sobre una montaña de bolas de papel, como de guiones desechados y arrugados, al menos dos bolígrafos rojos, uno verde y otro azul oscuro con toda la pinta de estar gastados, y con toda la pinta de ser un lote de esos comprados al por mayor, todos iguales y pensé: “caramba ,pues si que ha firmado gente”.
Me incliné sobre el grueso volumen y escribí: “unas palabras para su padre… con cariño, Yo”. La verdad es que no se me ocurrió nada mejor. Devolví el bolígrafo al chaval y me mostró la entrada como una sutil invitación. Entré dentro y comprendí que estaba totalmente mimetizada con las calles del entorno, aquí dentro no solo no eran necesarias las gafas de sol –como en los modernos comercios- sino que mas bien se agradecía algún punto de luz extra.
Llegue a unas escaleras cuyo desarrollo se notaba claramente que había sido hecho para ampliar el espacio de almacenamiento del piso inferior que para proteger la crisma de los torpes como yo. Cuando por seguridad me agarre a la barandilla palpe lo que mis pies ya habían palpado: la erosión que tenían los peldaños era como pisar en una bañera tras otra, ¿Cuántos zapatos habrían trabajado conjuntamente para diseñar esa forma de cuenco?.
Estaba en esos pensamientos cuando comprendí que era una antigua librería, de esas que las tapas de los libros aún no tenían colomines y menos color blanco, allí nada era blanco, a lo sumo “amarillento nicotina” si es que existe ese color.
Supe que era una librería no por que pudiese apreciar aun algún volumen, sino por que a medida que descendía por esas escaleras de caracol borracho iba entrando en mi nariz ese característico olor de papel, tinta y humedad mezclado a partes iguales.
Cuando pisé le suelo firme –que no lo era tanto- ya pude ver las vetustas estanterías de madera cuyo único tratamiento era el paso del tiempo, ya que no conocía pintura alguna que diese esa tonalidad distintiva a antiguo.
El caso es que había demasiado silencio cuando llegué a un cuarto en el fondo que hubo de hacer las funciones de despacho en cuyo suelo había los restos típicos de un ágape, es decir palillos y papelillos alfombrando la tarima de oscuro y curado roble. ¿Qué demonios hago yo aquí cuando ni soy un lector enfebrecido, ni había nunca pisado ese local? Me estaba preguntando cuando una luz (luz natural, claro, el resto de luces brillaba por su ausencia) me llevó al final del despacho que desembocaba en unas escaleras de piedra que bajaban aun mas a un patio soleado que tenía una salida a la calle. El estado de estas escaleras no hace falta describirlo, digamos que “usadas”.
Bajaba yo despacito y con la vista en cada peldaño que es lo que la prudencia aconsejaba cuando por la otra esquina apareció una pareja de unos cincuenta y tantos apresurados y gritando: “Don Severiano, Don Severiano”….
Cuando mire en al dirección que ellos lo hacían ,observé a un señor anciano que era arrastrado cariñosamente por una mujer joven (casado en segundas nupcias, pensé). Este al oír que lo llamaban giró su cabeza y alzando su mano derecha en la que portaba el sombrero saludó alegremente a las personas que lo llamaban.
Entonces si que me quedé con las ganas de haberle podido decir unas palabras a aquella persona. Su rostro amigable y rosado estaba recorrido por esas arrugas de expresión , esas que ahora todos se empeñan en borrar mediante modernas técnicas. Pero eran letras mas que marcas, ya que se podía leer con nitidez que su portador era un anciano alegre y jovial . Ojalá muchos planos de carreteras, con los que todos nos hemos perdido alguna vez, fuesen tan claros como los meandros de su piel.
La ternura que desprendía, esos ojos pequeños como de ratoncillo travieso y la felicidad que iba dejando tras sus pasos, me hicieron caer en la cuenta de que acababa de perder la oportunidad de conocer al ultimo hombre feliz que poblaba aquel casco viejo de la ciudad. Aquellas calles de tertulia, alegría discutidora y tiempo calmo que ya no volverían.
“Adios, Don Severiano”, murmuré en bajito, para no hacerle perder mas tiempo ya que tenía el típico aspecto de persona que llega tarde a todos los sitios.
© No me importa que copies mis palabras, la mala leche o el amor con las que nacen me pertenece solo a mi. 2009